Desde que ganó su nominación para postular al Senado por la VIII Región, Navarro ha profundizado su perfil outsider, rupturista, ajeno a las medias tintas. Protagonista de la agenda al intervenir en la huelga de hambre de los comuneros mapuches –donde propició un proyecto de ley para que éstos reciban un beneficio carcelario–, no es de los que andan bajándole el perfil a los conflictos. El que otrora fuera un combativo dirigente de la Universidad de Concepción en tiempos de Pinochet, hoy no se ha licuado dentro del discurso políticamente correcto. Y en esta entrevista no hace la excepción.
–¿Cómo prefiere que le digan: compañero o senador?
Ciudadano, porque vamos a cambiar el vocablo honorables por el de ciudadanos. No sólo es arcaico, no sólo resulta irónico, sino que no expresa un criterio; la honorabilidad se gana no en una elección, sino que con una conducta de vida.
–¿Va a presentar un proyecto al respecto?
Está presentado; en los próximos días debiera ser puesto en tabla para, sin duda, ser aprobado.
–¿Usted no cree que la gente perciba honorabilidad en los congresistas?
No. Desde que O’Higgins abolió los títulos nobiliarios y la nobleza y la burguesía se alzaron en su contra, claramente el valor de cada individuo es por sus capacidades. Esto no se hereda.
–¿A qué le suena la palabra honorable?
Tiene un tufillo a salones coloniales. Y siento que al Senado tiene que entrar aire fresco.
–¿No se le ha pegado ninguna costumbre pequeñoburguesa?
Las tentaciones son diarias. Nada más rico que la vida burguesa, sin embargo son parte de los privilegios que queremos cambiar.
–Usted tiene fama de díscolo. ¿Todavía no lo llama al orden el presidente de la corporación?
A ver, díscolo podría ser definido como descentrado, sin centro, y la verdad es que yo estoy súper centrado en estar más cerca de la ciudadanía. No quiero que a mi hija, cuando le pregunten dónde trabaja su papá, no se atreva a decir que en el Parlamento, como ocurre en algunas partes del mundo.
–¿Entonces no ha tenido ningún problema con Eduardo Frei?
Ehhh, hasta ahora no. Siento que el ex Presidente tiene una extrema flexibilidad y tolerancia, eso no quiere decir que compartamos siempre opiniones…
-Porque usted señaló en una entrevista que encararía a Eduardo Frei por todo lo que dijo de Tompkins. ¿Todavía no lo hace?
Este
no es un problema personal entre el senador Navarro y el senador Frei, es de definiciones frente a una estrategia de desarrollo y de producción energética. A ambos nos pesa nuestro pasado. Las posiciones sostenidas por Frei cuando era Presidente de la República y las posiciones mías como diputado no han variado, y es bueno que así sea; no me gusta la gente que cambia mucho.
–Me contaron que en su zona hay gente trabajando para su futura candidatura presidencial. ¿Es cierto?
Yo diría que los destinos de los hombres los marca la vida, hay quienes espontáneamente han planteado diputado, senador, y ahora qué. Y yo les digo: senador y ciudadano.
–¿No descarta entonces la aspiración presidencial?
Mentiría aquel político que dijera que no le gustaría ser, un tema diferente es desear ser. Siento que no se puede buscar, ni desear, cuando el objetivo de la política es un objetivo colectivo; por lo tanto, mi trabajo es hacer que el próximo Presidente de la Concertación sea el mejor de los nuestros.
–
Dicen que la lógica es Hugo Chávez, Evo Morales, Alejandro Navarro. ¿Le acomoda esa fórmula?
Mira,
la izquierda chilena tiene que definir cuál es el tipo de liderazgo que va a ejercer en América Latina. El crecimiento de la figura de Chávez da cuenta que en un mundo globalizado
la izquierda chilena no puede pretender tener sólo perfil de Concertación. La definición de los modelos de desarrollo económico no se concretan dentro de las fronteras chilenas, sino en un contexto mundial.
–Estos meses, los analistas han hablado que hay dos izquierdas: la de Chávez y Morales, versus la de Bachelet, Lula y Tabaré Vázquez. ¿Con cuál está su corazón?
Lo que lamento es que haya tan poco analista de izquierda. Pareciera ser que en el mejor momento de la izquierda chilena no tenemos pensadores, y aquellos que se atreven, como Cortés Terzi, sufren el rigor y el desprecio que siempre tiene la franqueza. Yo estoy por propiciar un debate profundo de la izquierda chilena, que hoy día no tiene dueño. Nadie puede detener el tiempo en la izquierda chilena, que
está llamada a jugar un rol de liderazgo en América Latina, junto a Chávez y a Morales.
–Pero Ricardo Lagos y su ProyectAmérica son un intento de demostrarle al continente que la izquierda responsable no tiene nada que ver con Chávez.
Las izquierdas vigorosas de América Latina son las izquierdas victoriosas de Chávez y Morales. Siento que el
PS ha carecido de una política internacional, ha tenido mucho Atlántico y poco Pacífico. Vamos a viajar, dentro de los próximos días, una delegación de parlamentarios a Bolivia, pues las relaciones internacionales no pueden ser de la exclusiva incumbencia de la Presidencia de la República. Cuando me reuní con Morales el año 2004 en La Paz, me criticaron y me acusaron de deslealtad, y en su oportunidad repliqué que Morales podía ser Presidente de la República, y que en el diálogo no podía haber riesgo, y ahí está Morales…
–¿Usted cree que Chávez ha sido más exitoso que Lagos en términos de presentar un modelo para América Latina?
Yo señalé que las palabras de nuestro canciller Alejandro Foxley respecto de la nacionalización de los hidrocarburos bolivianos no habían sido las más afortunadas.
La riqueza que hoy día Chile sustenta, por el alto precio del cobre, se debe a la nacionalización impulsada por el Presidente Allende. Chile tiene una gran responsabilidad de apoyar a Bolivia en su camino de independencia económica.
–¿Entonces no es la
Concertación un modelo alternativo de izquierda a la de Chávez y Morales?
En la Concertación se vive el proceso de redefinir la carta de navegación, por cuanto tras estar 16 años negociando con la derecha, y siendo minoría, se ha convertido en mayoría y ha demostrado en sus primeros pasos carencias y tropiezos.
Hemos pasado de la contradicción democracia-dictadura al eje democracia-modelo de desarrollo, y es esta revisión del modelo la que define lo que es ser de izquierda. Hay poetas de izquierda, pero
es el tema económico en relación a las condiciones sociales lo que define la delgada línea que hoy día divide a la izquierda del centro.
–Entonces, su corazón está con Chávez y con Morales.
Siento que son fenómenos latinoamericanos que no pueden sufrir el desprecio de los espaldas mojadas.
Quiero recordar que a Chávez se le dio un golpe de Estado, y que nuestro embajador en Venezuela aplaudió el proceso, tanto así que tuvo que ser depuesto.
Hemos vacilado en torno a la interpretación de los fenómenos de América Latina. Yo jamás tuve una duda de que había que condenar ese golpe.
–¿Y a Evo Morales?
A Evo Morales lo distingue el haber asumido con una mayoría del 54%, porcentaje único en la historia de Bolivia. Hay que aprender de esos procesos, no imitarlos. No estamos por generar el eje del mal en América Latina,
estamos por tener una experiencia propia en torno al desarrollo económico, basado en el uso adecuado de los recursos naturales. La disputa mundial va a estar por el uso de los recursos naturales, y América Latina sigue siendo una reserva infinita, enorme, de dichos recursos.
El tema está en cómo los administramos frente a la hegemonía del Norte.
–Perdón, pero la mayoría de la elite concertacionista arrisca la nariz con Chávez.
La Concertación no es de izquierda. No creo que Soledad Alvear se sienta de izquierda, ella es democratacristiana, y es presidenta de la DC. Pretender que la Concertación exprese el sentimiento de izquierda sería un afán hegemónico, no tolerado por nuestros socios.
–Pero no se trata de Soledad Alvear, sino de Nicolás Eyzaguirre, José Antonio Viera-Gallo, Ernesto Ottone…
Todos esos próceres tendrán que definir en algún momento de sus vidas, como lo hizo Enrique Correa, si se sienten o no instalados en la izquierda chilena. Siento que Eyzaguirre es un hombre de izquierda, Viera-Gallo es un hombre de izquierda, pero ahora hay que hacer que concilien sus prácticas, el decir con el hacer. Me carga el eclecticismo, no me gustan las posturas intermedias, y éstas no tienen que ser radicales, pero
la izquierda chilena tiene que declararse revolucionaria y subversiva, porque lo que requiere este país son cambios revolucionarios y subversivos.
–Eso suena fuerte y extemporáneo.
No hay que asociar la subversión al caos, sino a querer cambiar el orden establecido.
Se requiere una revolución educacional y una subversión en educación, no me gusta el orden de la educación chilena, los cambios tienen que ser revolucionarios, y revolución significa cambios drásticos; digamos, en el sentido contrario del estado actual de las cosas. Esto no es hacer una revolución de izquierda en educación, es hacer los cambios mirando hacia la modernidad.
–O sea, al estilo Chávez.
Chile no conoce a Chávez,
lo conoce a través de la caricatura norteamericana, de la crítica a sus programas radiales, pero hay en lo bolivariano un contenido profundo que debe ser evaluado de manera seria. ¿A quién de la izquierda chilena no le ha fascinado la posibilidad de la integración latinoamericana, de un pueblo unido en torno a un idioma, en torno a un territorio? Esto ha sido parte constante del discurso socialista y es una utopía en la cual, a lo menos, es posible pensar.
–¿Nacionalizaría la energía, por ejemplo?
Siento que
tenemos todas las condiciones para tener un acuerdo energético con Bolivia y con Venezuela. ¿Cuál es el motivo por el cual no pueda haber en el anillo energético que ha diseñado nuestro país, un acuerdo comercial con Bolivia y con Venezuela? Ir a Indonesia está bien, pero yo iría más a Venezuela y a Bolivia, porque al final del día Chile tendrá que resolver los problemas de mar con Bolivia. Y esto no puede ser en base a que nos interesa tu petróleo y nos interesa tu gas;
nos interesa fundamentalmente la relación con países que estén preocupados de sus pueblos. La relación de Chile en materia de globalización ha sido exclusivamente comercial y siento que Michelle Bachelet puede ponerle un eje diferente, porque ya hemos cumplido un ciclo.