EL QUINTO INFIERNO

lunes, mayo 08, 2006

El día en que Evo nacionalizó los hidrocarburos


Las luces del apartamento se encienden a las 4:30 de la madrugada. Evo Morales abre los ojos en una habitación de seis metros cuadrados. Le rodean un televisor, un armario, un ordenador sobre una mesa, una silla y varios póster del MAS (Movmiento al Socialismo) , partido con el que gobierna Bolivia desde hace 103 días.
El presidente se despierta en el mismo piso que alquiló, con varios compañeros, cuando era dirigente sindical. Morales se resiste a dejar la que llama su «casita». Aquí pasó su peor momento político cuando lo expulsaron del Parlamento, aquí diseñó su campaña electoral basada en la nacionalización del gas y el petróleo bolivianos y aquí recibió, el día de su investidura, la visita del presidente chileno Ricardo Lagos.
Intentando disimular su sorpresa, Lagos subió las desgastadas escaleras de madera del edificio, contempló las paredes desconchadas, la bombilla colgada de un cable que ilumina el rellano. Morales le hizo atravesar la cocina, única manera de alcanzar la mesa del comedor, cubierta con un tapete sintético de ganchillo, donde se reunieron.
Horas antes, el enviado especial de Estados Unidos felicitó a Evo por su llegada al poder, en el mismo comedor donde nos recibe, después de ducharse y hacerse la cama. Es una jornada crucial. Morales va a dar los últimos retoques al Decreto Supremo de nacionalización de los hidrocarburos, que desde el lunes amarga a las petroleras instaladas en el país. A estas horas, en España, el presidente de Repsol, Antoni Brufau, debe de estar desayunando. No imagina la que se le viene encima. Nosotros tampoco. Evo sólo comenta que tiene una reunión «muy importante».
Noche cerrada en La Paz. El equipo de seguridad del presidente lucha contra el sueño y las ojeras. La agenda comienza a las 5 de la madrugada y no se sabe cuando termina. Con cuatro horas de descanso, Morales se siente en forma. Trabaja 20 horas. Hay días que ni duerme, como comprobaremos, para nuestra desgracia, cuando estemos a punto de desmayarnos y él siga, como si nada, tan fresco.
«Mmm, está medio vacía la nevera», observa, antes de mirar el reloj: «¡vamos, llegamos tarde a Palacio!» La gastada luz de la bombilla del rellano nos despide. Resulta difícil explicar el contraste de abandonar el humilde edificio, para recibir el saludo marcial del capitán de la Fuerza Naval Alvarez Monasterios, el edecán, al abrir la puerta del reluciente BMW negro oficial. En Bolivia, los presidentes cuentan con cuatro edecanes, encargados de los asuntos protocolarios y de asistencia. A Morales le han adjudicado seis: ni las Fuerzas Armadas le siguen el ritmo.
Sentado en el asiento de cuero del coche, Evo reconoce que el día que recibió la banda presidencial, y los siguientes, no pisó la residencia oficial. Después de jurar, con el puño en alto, la Constitución ante 10 presidentes, decenas de mandatarios internacionales y el Príncipe de Asturias -récord de asistencia a una investidura en Bolivia- volvió al pisito. «Con todo el movimiento, no pude felicitarle. Le abracé cuando llegó a casa, en la cocina», dice Hugo, su compañero de piso.
El BMW se desliza veloz por las calles desiertas de La Paz. «Al final, no me quedó otra que instalarme en la residencia, aunque duermo una o dos veces por semana en mi casita. Al principio se me hacía grande, asfixiante, me sentía preso, tenía miedo de tanta seguridad y militares rodeándome. Le pedí al vicepresidente, al presidente del Congreso y al de Diputados, que vinieran a vivir conmigo. Sólo Santos Ramírez -antiguo senador del MAS y presidente de Diputados- aceptó».


Cuentan los rumores que Ramírez, con su maleta, apareció en la residencia la misma noche de la investidura. En la mansión no había sábanas, calefacción, papel higiénico, nada. Ramírez aguantó estoicamente, hasta la llegada de su presidente.

BAJARSE EL SUELDO

Se abren las puertas de Palacio. Con las espadas en alto, el batallón de Los Colorados presenta sus respetos. Veinte soldados con casacas rojas, frente al estadista con cazadora de cuero. «¡Buenos días, señor presidente! Parte de la guardia: sin novedad!». Morales, el sindicalista que sueña con sacar de la pobreza al 65% de la población, ha aumentado por decreto el salario mínimo de 44 a 55 euros mensuales, se ha reducido su propio sueldo -1.473 euros al mes- al 57%, y el de todos sus ministros a la mitad.
05:15 de la madrugada. Morales contesta la primera llamada al móvil: «si, hermano, para el tema de la vivienda, habla con Bolaños». En el contiguo Salón Azul, van a reunirse los responsables del tremendo susto de Repsol, Petrobrás, Total y el resto de multinacionales que exportan el gas y el petróleo de Bolivia.
Mientras llegan, Morales, emocionado, relata el partido de futbito que ganó la noche anterior. El equipo del presidente vapuleó a un combinado de periodistas. «¡Nada menos que 9 a 3!», subraya Evo. «Los dos primeros goles, yo los he pasado. Lindos goles.Y los dos siguientes, los he metido yo». Insinuamos que le dejan ganar por ser el presidente. Morales lo niega: «lo mismo me decía Alvaro (García Linera, el vicepresidente). ¡Que metía los goles por decreto! Hasta que vino a un partido. Salí lleno de moratones y eso le convenció».
Tras la puerta, el vicepresidente, el ministro de Hidrocarburos, el ministro de Planificación y el primer ministro, se dan los buenos días. Evo se disculpa y entra a la reunión. Por la alfombra roja de Palacio, avanza un camarero con la bandeja repleta de zumos de papaya, té, mates de hoja de coca, café. Nos permiten entrar a fotografiar la escena. Al disparar la cámara, el ministro de Hidrocarburos, Solíz Rada, un histórico en la lucha por la recuperación, para el estado, del gas y el petróleo bolivianos, extrae unos documentos de su cartera ministerial. Se avecina el decretazo.
Salimos, intrigados por el silencio solemne y las enigmáticas sonrisas. Jacinto Ramos, el camarero, reparte desayunos por los salones, como lleva haciendo desde los tiempos del dictador Hugo Bánzer. Entonces (1971-1978), era impensable ver en palacio a una indígena con su pollera (falda tradicional), sus sandalias, su sombrero de paja. Una dirigente cocalera sindical, pasea sonriente por los pasillos. «Vengo a pedir audiencia con el compañero Evo. La verdad, nunca pensamos que llegara a presidente, y ya ve».
Aparece un hombre con gorra. Pregunta si nos vamos a lustrar los zapatos. ¿Aquí? «Claro, soy el limpiabotas de Palacio». Hace tres años, el buen señor pidió permiso a la policía militar para abrillantar los calzados presidenciales. Como a nadie se le había ocurrido antes, obtuvo la exclusiva. El hombre resulta de lo más locuaz: «el presidente que más se abrillantaba los zapatos, era Carlos Mesa (octubre de 2003 a junio de 2005), luego Veltzé (interino en la transición hasta las elecciones presidenciales de diciembre, ganadas por Morales) y el que menos, Evo.
Él no tiene tiempo, los otros, sí. Curioso diagnóstico de la actividad presidencial. El limpiabotas es implacable: «Un año le estuve lustrando a Mesa gratis. Después, me quejé a la secretaria y me pagó 20 pesos (2,1 euros) mensuales. Veltzé me daba 10 pesos o 5, depende. Morales sólo me ha llamado dos veces, pero me dio 10 pesos por vez».
El presidente entra y sale de los salones a ritmo frenético. Reunión con el alto mando policial; con la Asociación Nacional de Suboficiales; con los obispos de la Iglesia Metodista, que traen un pastel casero de limón, una bufanda de lana tejida a mano y, de paso, le condecoran.
Los niños del colegio Edén corren por Palacio. Con su nueva bufanda al cuello y la medalla, Evo va directo a saludarlos. «¡Es igualito que en la tele!» gritan los críos. Continúa el maratón de reuniones.
A las 13:00, nos sentamos a almorzar. En el comedor, junto al vicepresidente y el primer ministro, Evo recobra energías con una sopa y un zumo de cebada. En la televisión también aparece Evo, con su sempiterno jersey a rayas. De segundo, croquetas, carne y quinua, cereal del altiplano. De postre, fruta. Comemos en media hora. A toda prisa, hay que salir hacia el aeropuerto militar.
Comienza la experiencia automovilística más tremenda de nuestras vidas. Los guardaespaldas nos separan. El fotógrafo, en el primer todoterreno. Morales, en el coche presidencial. Quien esto escribe, en el tercer vehículo. Arrancamos con la estridencia de las películas de acción. Los conductores dan volantazos en zigzag, a toda velocidad. Si el coche de Morales se desplaza bruscamente a la izquierda, el primero y el tercero giran a la derecha.
La gente se aparta. Por las ventanillas bajadas de los vehículos de protección, asoman las pistolas Browning de los agentes, con el seguro liberado. Estamos a punto de estamparnos contra cualquiera de los coches que atestan el centro de La Paz. Me convenzo de que, al próximo frenazo, se escapará un tiro del arma sin seguro que tengo al lado.
Le comento al agente que veo su seguridad un tanto insegura. Obviamente, no contesta. Seis pistolas, cuatro metralletas M-10 y dos escopetas Mosberg componen el arsenal del vehículo. «Combinamos tácticas de seguridad israelí, mejicana y norteamericana, para evitar emboscadas, atentados con explosivos y francotiradores», explica después el teniente coronel Jorge Sarabia, quien ahora, desde el BMW presidencial, dirige por radio la operación.

SEGURIDAD

Utilizan cifras y letras para referirse al presidente y los miembros del equipo. Cada semana, cambian los códigos y las frecuencias de radio por las que se comunican. En los 17 kilómetros hasta llegar al aeropuerto, se movilizan entre 60 y 100 agentes. Tres minutos antes de que aparezca el coche de Morales, la policía despeja los puntos más conflictivos. Detrás de la caravana, nos sigue un microbús de vidrios tintados. Allí van otros seis fusiles SA-80 ingleses. El equipo táctico antiemboscadas se camufla en taxis y minibuses aparentemente comunes. En puentes, cruces y puntos de riesgo, se apostan agentes de inteligencia.
Morales está convencido de que hay una trama contra él: «Hay una corriente de la oligarquía y de algunas multinacionales petroleras, de políticos nefastos, corruptos, neoliberales, en esa conspiración. Tenemos información de los servicios de inteligencia y de las Fuerzas Armadas».
¿Preocupado? «No, más bien siento fortaleza. No es sencillo cambiar las cosas. Si he llegado al Palacio de Gobierno, no es por la venganza, sino por la esperanza de los pueblos indígenas. Sueño con la igualdad y la justicia, son mis principios. Quiero una Bolivia digna, descolonizada, con soberanía, que base su recuperación económica en la explotación de sus riquezas naturales usurpadas».
En el aeropuerto militar del Grupo Aéreo de Caza, espera el pequeño jet ejecutivo norteamericano Sabre Liner, que el dictador Hugo Bánzer compró en 1976. Bolivia no posee un avión que pueda cruzar el Océano. Pero con el jet, Morales recorre América, repostando cada dos horas y media de vuelo. Al entrar, nos recibe una estampa de la virgen María. ¿Quién la ha colocado? Evo no lo sabe.
La capacidad es de seis pasajeros. Volamos a Chimoré, en el Chaparé cochabambino, la región cocalera tropical donde Morales comenzó su lucha sindical. En 1989, en un homenaje a los campesinos cocaleros muertos por disparos del Ejército, agentes de la Unidad Móvil de Patrullaje Rural (Umopar) -parte de la Fuerza Especial de la Lucha Contra el Narcotráfico financiada por Estados Unidos- le golpearon hasta abandonarlo en el monte de Villa Tunari, suponiéndolo muerto. Estuvo confinado en un centro de Chimoré, donde ahora aterriza como presidente.
Evo ironiza: «mira, las instalaciones de este aeropuerto, que antes eran para detenerme. Ahora nos saludan con honores». Morales va a asistir a la graduación de 67 policías antinarcóticos del curso Garras del Valor, mano a mano con el director de la Agencia de Asuntos Antinarcóticos, de EEUU, William Francisco.
Durante el acto, promete identificar a los «peces gordos» del narcotráfico, y advierte que «podrían estar bajo la protección de algunas autoridades», sobre las que hará caer el peso de la ley. Francisco asiente con entusiasmo. Al terminar el acto, se sientan en la misma mesa, a comer parrillada con miembros del Ejército. Morales pregunta, con toda naturalidad, qué es de la vida de los tenientes que en su día lo detuvieron.

CRUZADA

De nuevo en el jet, rumbo a la inauguración de una feria internacional en Cochabamba, Evo busca la opinión de su portavoz gubernamental, Alex Contreras que, a su lado, teclea en un portátil adornado con pegatinas del Ché Guevara. «¿Te ha gustado mi intervención?» Morales siempre improvisa sus discursos.
Es de noche. Evo repasa la situación de Bolivia. Ha emprendido una cruzada contra el analfabetismo, uno de los más graves problemas del país. Las estadísticas son tan imprecisas, que contabilizan un espectro de entre un 12% a un 20% de analfabetos.
«Mi tío Pedro Morales y mi tío Asensio Morales, y sus esposas no saben leer ni escribir», reconoce. «Yo no tengo poder. Si estoy en la presidencia es por el esfuerzo de los compañeros y de los movimientos sociales. Ellos son el poder, me han llevado a Palacio, y nos ha costado sangre, luto, marginación y discriminación llegar hasta aquí. A mi día le faltan horas porque está todo por hacer. Uno no se puede parar. Tengo el objetivo de refundar completamente el país, cambiar la Constitución, devolver al pueblo las tierras improductivas de los terratenientes, luchar contra la corrupción, recuperar nuestros hidrocarburos, investigar las fortunas y el enriquecimiento ilícito».
Con o sin el conflicto del decretazo, Morales considera que Zapatero es «un aliado natural» porque «es un hombre solidario». El jet aterriza en Cochabamba, para que Evo inaugure la feria internacional, casi arrollado por el gentío.
A las 21:00 horas, despegamos de nuevo rumbo a La Paz. El presidente está agotado, se duerme. Contreras cuenta que Evo recupera minutos de sueño durante los viajes. A las 22:00 horas, llegamos a Palacio. La agenda continúa: Morales se reúne con los representantes del departamento de Tarija, el más rico en gas y petróleo del país.
Su edecán mira el reloj, nervioso. Evo debe abordar un avión hacia Cuba a las 4 de la madrugada para sumarse, con Castro y Chávez, a la Alternativa Bolivariana para América Latina, un proyecto de solidaridad comercial sin aranceles, basado en la ideología del libertador Bolívar. La reunión se alarga. Tanto, que no hay tiempo para que Morales se cambie de ropa. Sin dormir, le llevan directamente al aeropuerto. El presidente descansará en el vuelo. La jornada de trabajo ha durado, justamente, 24 horas. El futuro de Bolivia está en juego... fuente: diario español El Mundo

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