EL QUINTO INFIERNO

lunes, febrero 20, 2006

Política exterior chilena: integración...¿hacia dónde y con quiénes?


Desde que se empezó a asomar en el escenario latinoamericano un nuevo auge de las izquierdas y los movimientos sociales que cuestionaban la larga historia de dependencia, pobreza y subordinación de nuestros pueblos, logrando debilitar la hegemonía neoliberal de los 90's en nuestro continente, (expresadas como Consenso de Washigton, ajustes económicos, o democracias sin contenido), en Chile, los gobiernos de la Concertación han tenido que ir acomodándose a la nueva situación, en la que no han sido pocos los momentos en que ha quedado expresado su distancia con la corriente progresista que tiende a predominar en América Latina. Si mirado desde afuera, el “ejemplo chileno” era la fórmula obvia que tenía que mostrar el FMI, la OMC, o la política exterior de Washington, para “demostrar” que su modelo de desarrollo era posible y sustentable socialmente, mirado desde dentro, el aislamiento regional en que se vio sumergida la política exterior chilena ha comenzado a hacer más visible la realidades económicas y políticas de nuestro país.
Desde un punto de vista económico internacional, los gobiernos de la Concertación han firmado múltiples tratados de libre comercio, y realizado una radical apertura económica a los centros capitalistas globales. Como contraste, y por decisión propia, se han quedado abajo de los procesos de integración económica regional, impulsados desde posiciones políticas “más a la izquierda” que la coalición goberanante chilena, que desde sus inicios mantuvo, profundizó y perfeccionó el proyecto neoliberal instaurado por los militares a fines de los setenta. Tal situación se hizo visible ante las deficiencias energéticas de Chile, tema en que al menos dos de los países del Cono Sur tienen grandes resevas, Argentina y Bolivia, ambos, con relaciones tirantes con el gobierno chileno. La situación comenzó a preocupar a las elites chilenas, las que desde entonces mencionan la “inestabilidad de la región” como un posible obstáculo al desarollo económico del país.
Pero más que la deficiencia energética (tema en que se han puesto en marcha diversos proyetos de importación desde países “confiables”, es decir, de los centros capitalistas) es el aislamiento político el que ha pasado a ser uno de los principales ejes de preocupación para las elites neoliberales chilenas (ya sean económicas o políticas, de la Conertación o la Derecha). Una extendida estrategia discursiva de los grandes y oligopólicos medios de comunicación chilenos (altamente ideologizados hacia el neoliberalismo) es presentar a un “desordenado paisaje regional” en que predomina el “populismo de izquierdas”, el “nacionalismo chauvinista”, y la “ingobernabilidad política”. Y, por contraste, un Chile que se “integra a la globalización” y “avanza al desarrollo”, desmarcándose del desordenado contiente. Y aliándose, como principal soporte internacional, con los Estados Unidos.
Pero no ha sido fácil tal estrategia discursiva, sobre todo cuando, por una parte, el gobierno de EE.UU, se asemeja cada vez más a un decadente imperio que gobierna con guerras altamente ilegítimas, fuertes distorsiones a la verdad, y una política sobreideologizada, ultraconservadora, y crecientemente rechazada entre las multitudes globales. Y por otra, porque la corriente progresista latinoamericana, con todas sus disparidades e insuficiencias, ha logrado una importante hegemonía política a nivel ya continental, y su principal bastión, la revolución bolivariana de Venezuela, es un modelo de desarrollo y de una nueva política que se fortalece y avanza, cuestiones que incomodan cada vez más a los neoliberales chilenos. Tanto así, que en las últimas elecciones presidenciales y parlamentarias, la temática de la política latinoamericana, fue sin duda uno de los más tocados (en los foros televisivos sobretodo), y los diarios chilenos le dan innumerables páginas, todos los días, al oleaje posneoliberal de la región.
Por esas circunstancias, los gobiernos de la Concertación están ante el gran problema de conciliar sus políticas proimperiales, que son un pilar inmodificable de su modelo político y económico, con una política que, aunque sea mínimamente, logre reinsertar a Chile en el nuevo mapa regional. En parte, eso lo han terminado comprendiendo las conducciones concertacionistas, que intentan en la actualidad un nuevo acercamiento al vecindario, aunque sea discursivamente, y “desde lejos”. Esto se ha ilustrado en la relación con Venezuela. Luego de su gran error de reconocer al gobierno golpista de Carmona en abril del 2002, y de algunas posteriores escaramuzas verbales entre Lagos y Chávez, han decidido acercarse al gobierno revolucionario, o al menos evitar nuevas polémicas con él. Basta recordar que la postulación de Insulza a la OEA terminó triunfando gracias al apoyo de la corriente progresista, como se reconoció incluso acá en Chile. En esa ocasión, la posición del gobierno de Chávez fue determinante en la primera derrota de un candidato apoyado por EE.UU. a presidir tal organización (EE.UU. apoyaba al mexicano...,). Otra señal del mismo proceso fue el rechazo chileno a la invasión estadounidense en Irak, cuando participaba como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.
Ahora último, el supuestamente "más" progresista gobierno de Bachelet, anuncia una integración mayor al continente, lo que se ha expresado en acercamientos con el kirchnerismo en Argentina y el Frente Amplio en Uruguay, y una profundización de las buenas relaciones con Lula, que ya había cosechado Lagos. Es claro que con esos gobiernos, más moderados, y cuya dirección política real, más allá de sus procedencias históricas o los discursos de izquierda que enarbolan, aún vacila entre un neoliberalismo reformado, “más social”, o un viraje más decidido hacia la izquierda, la Concertación se siente a sus anchas (sobre todo el “joven” bacheletismo), e intenta presentarse como una versión más de esas izquierdas “modernas”, “actualizadas” a los procesos de la globalización presente. Pero también es claro que los gobiernos de Argentina, Uruguay o Brasil no quieren, o no están dispuestos, a una política tan neoliberal y proimperial como la delineada desde el Palacio de la Moneda en Santiago.
Frente a esos gobiernos, y los gobiernos de izquierdas más decididos, como el consolidado de Venezuela, o el reciente de Bolivia, es posible que Bachelet asuma una posición de diálogo, intento de integración en temas claves como el energético, y de “mediación” entre las izquierdas continentales y el gobierno de EE.UU. Es decir, moviéndose entre dos extremos, navegando en aguas que no se ven tranquilas, tratando de permanecer equisitante de conflictos y procesos en que tiene poco control o incidencia. Mirado así, no sorprende tanto que figuras centrales en la conducción política de la Concertación estén centrados en estos temas (Insulza presidiendo la OEA), o vayan a estarlo pronto(Lagos ha anunciado que se dedicará a la política internacional, en especial a la regional).
Por eso, simbólico es el reciente “descarte” de Lagos frente a la mención de Condoleeza Rice de un supuesto Frente Anti-Chávez que integraría junto con el Brasil de Lula. Igual posición asumió el gobierno encabezado por el PT (quien manifestó “amistad” con el gobierno chavista), aunque en el caso chileno, la respuesta fue más ambivalente: Lagos, más que criticar tal alocada idea de los halcones conservadores de EE.UU., “desconoció” estar al tanto de tal iniciativa, y posteriormente señaló que a la Secretaria de Estado Rice se la había “malinterpretado”. Es decir, intentó salir del paso, desmarcándose tanto de Caracas como de Washington, intentando quedar bien con el Norte, y también con el Sur.
El incidente escenifica la díficil tarea política que tiene por delante la Concertación. Si el avance popular y de gobiernos progresistas o claramente revolucionarios (como el venezolano) se mantiene y consolida, las cúpulas concertacionistas tendrán que saber manejarse frente a la presión de unos EE.UU. que ven con malos ojos el nuevo ciclo de luchas en su “patio trasero”. Es evidente que, no sólo desde Washington, sino que desde los centros capitalistas globales, se ve a Chile como un peso importante que equilibra una “balanza” regional que se inclina progresivamente hacia la izquierda. Es cosa de ver el bajísimo “riesgo país” que le dan los organismos y consultoras internacionales, o las constantes alabanzas hacia la “estabilidad y gobernabilidad” chilenas. Y presionarán, como ahora acaba de hacer Condoleeza Rice, para que cumpla tal rol.
Y por la otra parte, las necesidades regionales de Chile (energéticas y de abastecimiento en un sinnúmero de áreas), empujarán en la dirección contraria. Al respecto, cabe señalar que el Mercosur es la única región económica con la que Chile tiene más importaciones que exportaciones, es decir, que tiene una importante relación comercial de interdependencia vecinal, que hasta ahora no se ha plasmado en una coherente política exterior en ese sentido.
Y eso, sumado a los esfuerzos internos y externos, que intentarán, sin duda, y cada vez con más fuerza, para acercar la realidad política nacional con la del continente, “empujando a Chile a la izquierda”. Desde dentro, eso es tarea del movimiento social chileno, de sus organizaciones políticas, que aprenden y miran con esperanza el avance popular en los otros países. Y desde fuera, los gobiernos, como ya hace Chávez (ver más arriba la carta que le envió a Bachelet), deberían tender hacia una política con Chile que lo reintegre a los procesos de construcción de independencia y consolidación económica que se están llevando a cabo (como el anillo energético, o la ampliación geográfica y funcional del Mercosur), y que tensione a los libremercadistas gobiernos concertacionistas a tomar un rumbo menos neoliberal, a mostrar sus debilidades, y apoyar a los actores políticos alternativos de Chile, para que triunfe, también en nuestro país, la oleada posneoliberal del continente...
Desde el Quinto Infierno

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